Comentario Película: Maquillaje Perfecto

El siguiente escrito, es un análisis basado en la película “The Constant Gardener” dirigida por Fernando Meirelles.

“The Constant Gardener”,  es una película basada en la novela de John Le Carré, que trata acerca de la vida; de un entorno que, al igual que muchos otros, ciertas personas están interesados en ocultar.

Esta intrigante historia, refleja la vida de Tessa Quayle, una joven activista que ha viajado a Kenia gracias a que su esposo, Justin Quayle, un diplomático defensor de las causas perdidas, fue transferido a este lugar.

Durante su estadía en África, Tessa siente cierta intriga por el tratamiento médico que reciben ciertos pacientes, en ésta región, y bajo qué condiciones, éste es entregado a la población. Al cabo de cierto tiempo, sus investigaciones arrojan información perjudicial para cualquier miembro del Alto Comisionado de Inglaterra, al igual que para ciertas multinacionales farmacéuticas (KDH y Tres Abejas), razón por la cuál es brutalmente asesinada.

Bajo el sentimiento de desconfianza que le producían los diversos comentarios acerca de la muerte de su esposa, Justin Quayle emprende la misión que ella había comenzado; destapar el velo que cubre la cara del negocio farmacéutico, y la negligencia y permisividad del Gobierno de distintos países frente a esta.  Bajo estas condiciones parecía imposible confiar en sus compañeros de trabajo, especialmente cuando ellos hacían parte de esta maravillosa obra de teatro.

En el transcurso de su investigación, descubrió que las multinacionales farmacéuticas se aprovechan de problemas de la salud en los seres humanos, tales como las enfermedades terminales, entre ellas la tuberculosis y el SIDA, para experimentar tratamientos que “ofrecen una solución innovadora, efectiva y segura”, en un porcentaje considerable de la población. Este es el Dypraxa.

Pero, ¿Cómo lo logran?

Así como un director de mercadeo tiene técnicas para difundir un producto, y en efecto, lograr que usted, yo y también otras personas lo compren, de igual forma, estas compañías han descubierto un camino, menos ético que cualquier otro, para obligar a consumir este medicamento (y probar su efectividad de forma indirecta); apelar al deseo de satisfacer las necesidades.

Esta configuración innata ha resultado ser el arma de doble filo perfecta. En regiones donde el abandono por parte del Estado es evidente, el acceso a un programa de atención médica al usuario, es una realidad utópica, establecida desde hace tiempo. Por ende, imponer condiciones para acceder a esta, no es una tarea que presente alguna complicación; en esta película se demuestra cómo esta industria condiciona el acceso al sistema de la salud, si no se da un consentimiento “libre de vicios” para acceder a el tratamiento que ellos proponen. De esta forma resulta sencillo comprobar el funcionamiento del medicamento: “O nos dejan probar este fármaco en sus organismos o les impedimos acceder a cualquier otra prescripción que puedan necesitar”.

Si bien es cierto que es necesario verificar el funcionamiento de los tratamientos que se lanzan al mercado, ¿Qué derecho se tiene en tomar seres humanos de países con crisis económicas y políticas, así como problemas de estabilidad estatal y control sobre los recursos de la población, para realizar este proceso? Y ahora bien, ¿Cómo puede permitir el Estado tal vulneración a los derechos de su población?

Sería coherente pensar que el gobierno debe velar por cada uno de los habitantes, así como del territorio donde ejerce su soberanía. Actualmente, el gobierno de Kenia no cumple ninguna de las dos funciones.

En primera instancia, las multinacionales farmacéuticas eligen a merced de sus propios criterios, seres humanos probeta con los cuales experimentar de forma deliberada, y ahorrarse algunos millones de dólares, pues de forma paradójica resulta más conveniente sacrificar miles de familias y vulnerar los derechos fundamentales de una ciudad completa, con tal de evitar tener que tomarse el trabajo de reestructurar la fórmula, o de impedir el lanzamiento de otro medicamento de vanguardia, expedido por otro laboratorio, que pueda amenazar la “delicada” economía.

Segundo, es igual de importante recalcar la labor humanitaria que se lleva a cabo en regiones donde hay un abandono total por parte de las entidades estatales, y donde la pobreza es el mejor estilo de vida, con el que un niño pueda llegar a soñar; cómo no entregar nuestra confianza a la empresa que regala en estas regiones la droga por la cual muchos otros tienen que pagar. Que gran falacia.

Pero, finalmente, ¿Dónde están los dirigentes? ¿Dónde están los diplomáticos cuya labor es defender a todos los que no tenemos voz? ¿Qué ha sucedido con el dinero recaudado de los impuestos, que debería verse reflejado en un aumento de la calidad de vida? ¿Cómo exigir soberanía y exaltar la autoridad cuando los demás países tienen el poder de decidir sobre asuntos internos? ¿A quién se puede acudir para dirimir la problemática, cuando todo está perfectamente escondido bajo la disminución constante de recursos (tanto económicos como humanos), que se ha venido acumulando desde siglo XVII, con la llegada de las diferentes colonias europeas?

Todos los fondos económicos del Estado, que siendo estrictos deben estar encaminados a fortalecer la infraestructura vial, industrial y del sector de la salud, han sido destinados a exaltar el gusto selectivo de ciertas personas por las buenas cosas que puede ofrecer una vida llena de lujuria, excentricidades y de vanidad. La fragilidad de una figura estatal, ahora reducida a un espejismo, es evidente.

Actualmente, la población de Kenia es 47’271.636, de los cuales aproximadamente el 43.4% viven por debajo de la línea internacional de la pobreza (US$1,25 al día); probablemente se estima que parte de ella, se establece en las chabolas (viviendas de adobe, trozos de madera reciclados y algunas piezas metálicas), en las Kiberas, hacia los suburbios de la capital de Kenia.

En la mayoría de los países del continente africano, no existe un indicativo de una presencia fuerte de un conjunto de leyes o de una autoridad que permita pensar: “Este es un Estado soberano”. Todo ha desaparecido. Van de la mano con las industrias farmacéuticas, cubriendo todos los ensayos, negando la existencia de los pacientes utilizados, y cerrando los ojos de los curiosos.

En el mismo sentido, estamos en un siglo lacónico, en cuanto a legislación para la regulación en la autorización y comercialización de fármacos se refiere; esta industria es un sector estratégico, con un gran volumen de ganancias, y que disfruta de extraordinarias cuotas de poder.

De acuerdo a “Fortune 500 List”, aproximadamente los beneficios adquiridos por las 10 mayores empresas farmacéuticas a nivel mundial, superan los beneficios acumulados de las otras 490 empresas de la lista; cada empresa, genera por sí misma unos beneficios que superan en un 54% los del mismo periodo del año anterior.

A pesar de que el proceso de desarrollo de un nuevo fármaco es largo y costoso (Estimado entre 400 y 700 millones de dólares), a partir del momento en que la patente sea aceptada, la compañía contará con 20 años de exclusividad en los que tendrá la posibilidad para recuperar el dinero invertido, por lo cual, el porcentaje de pérdidas es ínfimo, en especial cuando no existe restricción alguna por parte del Estado, en lanzar medicamentos con nombres comerciales distintos, pero cuya fórmula química es prácticamente la misma. Tal y como menciona el Dr. Sharon Levine,  director ejecutivo asociado de Kaiser Permanente Medical Group, “Si soy un productor y puedo cambiar una molécula para conseguir otros 20 años de patente, convencer a médicos para que la receten y a pacientes para que la demanden, (…) ¿Por qué voy a invertir mi dinero en proyectos mucho más inciertos con nuevas moléculas?”

Todavía aquí es posible razonar que, si este 75% de fármacos reiterados proporciona los beneficios económicos suficientes para financiar los medicamentos de vital importancia, en cierta medida se puede justificar el apartado anterior. Sin embargo, este es falso.

Según Marcia Angell, profesora de Salud Pública de la Universidad de Harvard y editora durante 20 años de New England Journal of Medicine, afirma que: “Por increíble que parezca, sólo unas pocas drogas importantes han aparecido en el mercado en los últimos años, y estas provenían en su mayoría de investigaciones realizadas en instituciones académicas, pequeñas compañías biotecnológicas, o de centros públicos de investigación como el NIH (National Institutes of Health) en Estados Unidos”

Ésta película se basa en la transgresión ética y la corrupción que cometen ciertas compañías farmacéuticas, en conjunto con el Gobierno de Inglaterra y de Kenia, principalmente, donde el ánimo de lucro transgrede la integridad del ser humano.

Bajo el desarrollo de una droga que será la solución a una posible pandemia de tuberculosis, a futuro, se ve transgredida la población de Kenia, que carece de autonomía para ejercer su derecho a someterse de forma voluntaria a un tratamiento médico. El derecho a la vida, parece no cobrar sentido para aquellos dispuestos a pasar a toda la población por la orca; se realizan pruebas a los medicamentos en desarrollo, en personas que padecían SIDA, a causa de su baja esperanza de vida, y eludiendo así el proceso de reevaluación de éste, y por ende, ahorrando varios millones de dólares. Ante esto, el Estado de Kenia se pronuncia cómo impedido con la premisa de la dificultad que presenta el manejo de una población extremadamente vulnerable.

Esto permite concluir que, las multinacionales farmacéuticas expiden fármacos en cuanto las enfermedades sean más rentables, y los gobiernos, sean más permisivos.

Escrito por Ana María Díaz Espinosa

Links utilizados para la redacción de este escrito:

http://www.lahiguera.net/cinemania/pelicula/1295/comentario.php

http://periodismohumano.com/sociedad/salud/la-industria-farmaceutica-hoy.html

http://www.scidev.net/america-latina/enfermedades/especial/medicina-tradicional-y-moderna hechos-y-cifras.html

http://www.unicef.org/spanish/infobycountry/kenya_statistics.html

http://datos.bancomundial.org/pais/kenya

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